lunes, 22 de julio de 2013

CAPÍTULO PRIMERO: Malas noticias


Hoy, como algunas otras veces, he tenido un ligero "encontronazo" con una realidad alternativa.
No ha sido demasiado, peor ha ido otras veces. Pero hoy me he fijado especialmente. Iba más o menos así.

Llegando a casa, bajo por una pendiente, tengo que frenar al final, y girar a la derecha. Iba en moto, como es habitual.
A veces hay alguien saliendo de la calle a la que pretendo internarme, cosas que pasan en las vías públicas, suele haber gente. Pero al ser un lugar poco poblado no es tan normal.
Además, al ser una curva bastante ciega, hay un espejo retrovisor plantado al borde de la carretera para poder ver en ambas direcciones, ya que también podría seguir recto. Y saliendo de la calle salir a derecha o a izquierda, indistintamente. Me estoy yendo por las ramas.

La cuestión es que, habiendo ya frenado, presté atención al espejo retrovisor y a través de la rejilla de mi izquierda para ver si venía alguien, y no venía nadie.
Pero, justo al doblar la esquina, me pasa por la mente la imagen de alguien llegando al cruce sin haberme visto, frenando, pero no tanto. Arrollándome. Lo que he podido ver era como caía al suelo con mi moto encima de la pierna.
Despertaba en una cama, supongo que de hospital, por la blancura y la escasez de mobiliario de habitación típica, con la pierna abrasada por el lado en el que tocaba con el motor, con todas las rendijas de la refrigeración grabadas a fuego, literalmente, en el lado de mi desdichada pierna, con trozos de tela vaquera de mis pantalones aún enganchados, supurando pus y agua, luchando mi cuerpo desesperadamente por combatir la quemadura. Escocía, pero no era insoportable.

Y no había nadie. No había ruido. Era de día, entraba luz por las ventanas a mi derecha, las cortinas blancas y finas dejaban pasar gran parte de la brillante luz del sol, parecía por la mañana. Pero no se oía nada.
Y no era que estuviera sordo, oía perfectamente el sonido de mi cuerpo recuperándose de pasar varias horas entumeciéndose en esa cama. Me levanté y fui a la puerta, abierta, como es normal en las clínicas, por si pasara algo. Pero no recuerdo ninguna clase de mobiliario de hospital, por lo menos no me fijé. El silencio reclamaba más mi atención.

Decidí abrir la puerta y preguntar en qué clínica estaba, dónde estaba mi ropa (no encuentro cómodas las batas de interno, pasa demasiado fresco por la espalda)
Al abrir la puerta cuál fue mi sorpresa, ¡estaba en una clínica! Aunque aún no sabía cual, pero seguía sin oírse nada, ni había nadie. Me empezaba a poner nervioso, las luces del pasillo estaban encendidas. Todo parecía en orden, la máquina de café estaba encendida, y la dispensadora de botellas de agua también parecía funcionar, aunque yo no tenía dinero. Sí en mi cartera, pero estaba en algún lugar con lo que quedara de mis pantalones y mi camiseta, y mis zapatos, y mi chaleco. Eché de menos el chaleco, llevaba ahí mis gafas de sol rotas, como es normal, y mis gafas de ver, menos mal que no me son indispensables en el día a día.

Un letrero con unas flechas me indicó que la recepción estaba al final del pasillo. De camino encontré algunas camillas aparcadas junto a la pared, pero no estorbaban, eso me gusta. Que las cosas no estén en medio, pero estén.
De pronto, a falta de doblar una esquina, oí un fuerte ruido. Como si algo cayera al suelo.

¡PAM tatang, tang!

Sonaba como si una fuente de metal se hubiera caído al suelo, eso no cuadra en un hospital, quizás fuera una bandeja de algo, de la comida, pero no suelen ser de metal, y tampoco es habitual que caigan sin haber nadie que las lleve. Entonces debía haber alguien.
Seguí hasta la esquina, y ahí estaba, la bandeja en el suelo, por suerte no contenía nada, aunque me habría tomado un vaso de agua fresca y comido algo, maldita gula... Pero seguía sin haber nadie. Los ordenadores estaban encendidos pero parecían bloqueados, y está feo cotillear en casa ajena, así que volví a mirar en los letreros y vi un esquema sencillo de la distribución del hospital. Piso 2º a 5º, habitaciones de los pacientes, estaba en el 2º así que era fácil, en la planta baja estaba la recepción. Sólo había que coger el ascensor y bajar, y preguntar qué ocurría. Así que llamé al ascensor, no pareció muy encantado de que lo llamaran porque sonaba un poco extraño, pero llegó, y se oyeron algunos golpes y traqueteos, como si llevara mucha carga, y como si alguien intentara salir. Tranquilo, pensé, ahora llegas, ya saldrás. Aunque no tranquiliza mucho saber que alguien nervioso aparecerá justo en tus narices, sobre todo si ha demostrado ser mínimamente violento.

De pronto cesó el ruido. Ya has llegado, pensé, me apartaré, sólo por si acaso.

Y se abrieron las puertas. Fui a entrar, y no había nada, salvo un bolígrafo.

-¿Has causado tú todo ese revuelo? No lo creo.

Bajé entonces a la planta baja, volvieron los traqueteos y los golpes, por lo visto debía estar algo averiado. Se abrieron las puertas y salí, nada. No había nada. Maldije en los pocos idiomas que conozco y de varias formas. Fui hasta el mostrador y los ordenadores encendidos, pero bloqueados. Las luces encendidas, ¿qué ocurría? Todo era muy raro. Me escocía la pierna. ¿Por qué no frenaría un poco más ése coche?

Salí a la calle, ya, de perdidos al río, no se oían coches, resultó ser una clínica dentro de la ciudad, en la zona céntrica, tenía que haber algún ruido, alguien, ¡quien fuera! Pero no había nadie.

Había algunos coches aparcados, eso es normal, suele haberlos dentro de la ciudad, pero no parecía que se hubieran movido de ahí en varias semanas. Tenían polvo por encima, todos más o menos igual, eso es raro, muy raro.

No entendía nada, ¿dónde estaba la gente? ¿Y por qué no me habían llevado con ellos?

De pronto el cielo se nubló, en cuestión de minutos el día claro y soleado se convirtió en el lienzo perfecto para una tormenta de esas que hacen historia. En cuestión de segundos empezó a caer un chaparrón. Todos los coches se quedaron impecables, me refugié en seguida dentro de la clínica, pero siguió sin oírse nada ni a nadie.

-Esto empieza a ponerme nervioso.- Me dije.

Paró de llover, apenas duró cinco minutos contados. Y empezó a alzarse una niebla espantosa, ¿qué porquería de día raro era eso? Ni siquiera había algún periódico donde ver si había pasado algo. Era como si todos se hubieran desvanecido de pronto, pero se hubieran llevado además sus cosas. Y las mías, fui a la consigna de la clínica y ahí estaban mis cosas, pude recuperar, incluso, lo que quedaba de mis pantalones, no demasiado enteros, puesto que faltaba un a pierna desde la rodilla, pero bueno, solucionado cortando la otra, más o menos arreglado, ahora son unos pantalones 'piratas'. Tampoco hacía frío como para llevarlos largos. Ya compraría otros nuevos.

Inspeccioné mis cosas, cartera intacta, mis pelusas y cacharritos varios de los bolsillos intactos también. La batería del móvil a cero, era de esperar,  estos móviles modernos no duran nada si no los enchufas constantemente. Ya lo cargaría, había que preguntarle a alguien, mejor dicho encontrar a alguien.
Miré en la saca de los pantalones, suelo tener algunas moneditas, quizás alguna cabina telefónica funcionara. La línea de la clínica no daba señal, qué raro, parece una película de terror cutre, pensé.
Sólo tenía unos céntimos. -Qué rabia, asco de calderilla- me enfadé con los míseros céntimos que tenía, habría que encontrar algún lugar donde hubiera dinero en monedas, porque sólo tenía un par de billetes pequeños. Diez o quince euros, si eso, podría ir en autobús a casa luego. Por suerte, mis púas y mi llave de tubo de la suerte seguían en la saca.

-No parece que me haya traído demasiada suerte, dichosa llave- Tenía que pasar algo bueno en algún momento, ya empezaba a tocar, ¿no?

Salí otra vez a la calle, calzado y vestido, con mi chaleco, me dispuse a internarme en esa puñetera niebla, el día claro y soleado se había tornado en una masa espesa de vapor de agua, podía verse, como mucho, a unos 7 u 8 metros. Decidí que era mejor comer algo antes, las clínicas suelen tener alguna clase de cafetería, ya dejaría el pago en la barra si no había nadie. Y así fue, había una cafetería, vacía, ¿cómo no? Empezaba a hacerme gracia el asunto. Comí un par de croissants no demasiado buenos, estaban envasados al vacío así que ni me preocupé. Y encontré varias botellas de Cola y de agua mineral. Un par de cada, y una cola para el momento, la cafeína me iría bien, me habría hecho un café, pero nunca he sabido usar una máquina de café de bar, y no me inspiraba confianza el ascensor para ir al 2º piso otra vez, y las escaleras... Me escocía la pierna, tampoco pasa nada por no tomarse un café.
Ahora sí, salí a la calle, se estaba poniendo oscuro, y yo pensaba que era por la mañana, ¡sí que estaba desorientado! Pero me encaminé hacia donde estaba la parada de autobús más próxima, izquierda, recto, recto, izquierda, recto, derecha, recto. Sólo un par de manzanas y tenía media docena de líneas de autobús, a ver si podía subirme a alguno, o puede que hubiera alguna noticia ahí. En esa avenida suele haber bastante movimiento. Pero no, no había nadie, ningún ruido, y así como llegué a la parada me senté, los horarios seguían igual, el silencio también, y durante lo que me pareció una eternidad, no pasó ningún autobús, ni ningún otro vehículo. Empezaba a refrescar, y también empezaba a molestarme aquél rollo de tanto silencio y tanta niebla. Por lo menos no parecía ninguna clase de gas nocivo ni nada parecido. Sólo niebla.

Fui a liarme un cigarro, dejé de fumar hace un tiempo, pero últimamente había dado algunos tiros y, dada la situación, me merecía algo 'bueno' (sé que fumar no es bueno, pero a mí me gusta, y decidí premiarme por mi paciencia con el silencio)

Lié el cigarro, papel fino, tabaco suave pero aromático, sin filtro, -ya que te metes basura en el cuerpo no te pongas remilgado- pensé. -¿Dónde está mi mechero? Yo tenía mechero- murmuré-Vale, aquí está-.
Escondido al fondo de un bolsillo del chaleco, ese pequeño bastardo disfrutaba jugando al escondite, como las llaves o el mando de la tele. Son unos pequeños cabrones.

Chispa número uno. No enciende. Chispa número dos. No enciende. Chispa número tres. No enciende. Comprobar que haya gas. Chispa número cuatro. No enciende.-¿Pero qué coj...?

No pude terminar la frase. Alguien tiró de mí desde mi derecha.
-¡Shht! No hagas ruido- me susurró.
-¿Quién mierda eres, eh?- dije no muy feliz, pero sin levantar mucho la voz. Me arrastró hacia la entrada de un bar que había justo por detrás de la parada de autobús.
-Cállate, espera. Mira- sus ojos oscuros reflejaban nervios, ¿por qué nervios? Si no había nadie en ningún lado. Pero señaló al banco donde había estado sentado instantes antes, a sólo unos metros del bar, gracias a la niebla no distinguí demasiado, pero pude oír perfectamente como algo, o alguien, mejor dicho, caía sobre la parada de autobús, sonido de golpe sobre metal, pasos sobre el techo de la parada, un gruñido, otro gruñido pero algo enfadado, dio un par de golpes al asiento, con rabia. Lo dejó hecho una pena, tampoco era una gran pérdida, no era muy cómodo. Y se fue trepando por una pared. ¿Gorilas rabiosos en mi ciudad? ¿En Palma? Imposible, ni de coña, ¡já! Ni cobrando me lo creería. Aquello, sin embargo, no eran gorilas.
-Ya se ha ido, ¿de dónde sales? ¿Y por qué no te cubres un poco más? Vas a inhalar gases chungos, y te convertirás en eso que acabas de ver.
-¿Qué?- cara de inútil perdido al canto- No creo haber comprendido, eso era alguien de aquí, que inhaló...
¿niebla? ¿De qué gases me estás hablando?- me extendió una mascarilla anti-polvo, normal y corriente.
-¿Esto? Esto no previene inhalar gases de ningún tipo. Tengo una máscara antigua en casa que aún funciona, podría ir a buscarla.
-Servirá por ahora, hay que esconderse hasta que se disipe la niebla. ¿Queda lejos tu casa? ¿Y de dónde sales? Llevamos meses así, se acaban las provisiones y nadie parece tener una respuesta para esta mierda.
-¿Qué? ¿En serio? A ver, explícame un poco las cosas, yo me he levantado en la clínica hace una horita o así, aún había luz.
-Vámonos, te lo explico por el camino.
-Ok, dirección Carrefour.
-¿En serio? Eso no es bueno...-Tardó en volver a hablar.
-Göran, por cierto, ¿tú eres?
-Anne. Pareces sorprendido.
-Nada, entre el susurrar, lo oscuro que está todo, y lo tapada que vas, pensé que eras un tío.
-Ah, pues ya sabes, te has equivocado, Goran.
-No se pronuncia así.
-Pues explícamelo.
-Bah, es igual, nadie lo pronuncia bien... Ni siquiera es mi nombre de verdad, sólo es una traducción a lo que sería en otro idioma.
-Pues hala, Goran y listo.
-Explícame por qué no es bueno ir hacia el Carrefour, pero vamos tirando, o vamos a dar un rodeo, pero vamos ya, empieza a refrescar.
-Vale.
-¿Crees que habrá alguien fuera de la ciudad?
-Ni idea, no he visto a demasiada gente, salvo los 'gorilas' como tú los llamas. Y poca cosa más.
-¿Quieres cola?
-¿De beber?
-Claro, ¿la quieres de pegar?- Entonces solté una risotada, seguida de recibir una colleja. -¡Eh!
-Silencio, ¿o quieres que vuelva el gorila con sus amigos?
-Mejor no, no pareció amigable.
-Pues dame esa cola y vamos.

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