lunes, 30 de septiembre de 2013

CAPÍTULO OCTAVO: Un nuevo día


Brbrbmbmbm...

-¡Au! -Algo me golpeó en la cabeza. -¿Qué coñ...?
-¡Shht! Silencio, ven. -Me dijo la pequeña rescatada. No tenía ni idea de qué pasaba.

Tiró de mí hasta ponernos a cubierto tras una roca cercana. Se oían algunas voces a lo lejos, alguien desde la carretera debía haber divisado las huellas de la moto, o algo.

-Mira, por lo visto alguien sabe que estamos aquí, así que es mejor que parezca que hemos salido a hacer un café o lo que sea. ¿Comprendes? Creo que son los mismos que vi una vez en la ciudad, así que calladitos estamos más guapos -Parecía saber muy bien de qué hablaba, su mirada me empañó de ternura, tenía los ojos tan verdes que podría haber contraído alguna enfermedad tropical si los contemplaba demasiado rato.

-A ver si lo he entendido, si vienen verán nuestras huellas hasta aquí, ¿no? ¿Qué propones que hagamos entonces? -Su expresión cambió de pronto al comprender que su plan fallaba.

-Si vienen y nos encuentras ya pensaremos algo, ahora lo primero es centrarse en que no piensen que les conviene venir hasta aquí.

-¿Por qué saliste así, de la nada, en la ciudad? ¿Por qué no eres como las demás personas, si se les puede llamar personas, que me encontré? ¿Quién eres?

-Pues soy la que te dice que te estés calladito, si no soy como los demás es porque he conseguido sobrevivir, en la ciudad hice lo que tenía que hacer, pensaba que eras uno de ellos, ya me habían perseguido antes, se ve que buscan 'divertirse' o algo. Y te agradecería que no me preguntes demasiado por mi pasado ya que yo no lo haré por el tuyo. Sólo quiero llegar a un lugar relativamente seguro, ahí nos separaremos.

-De acuerdo, doña social. Me callo y ya veremos cómo acaba tu plan.

Nos quedamos en silencio durante un buen rato, pareció una eternidad. De tato en cuando la observaba, y cuando me devolvía la mirada yo la retiraba, como si pensara que así ella no sabría que la miraba. De vez en cuando se ponía a juguetear con alguna piedrecita entre sus dedos.

-Habría que ir a ver si se han ido o algo, ¿no? Ya voy yo -dije- Mejor quédate aquí, si pasa algo cúbreme.
-¿Con qué? No tengo ninguna arma, ni nada.
-No sé, con piedras, ya pensarás algo -le dije, y guiñándole un ojo me fui agachado hasta el borde de la roca.

Parecía que no había nadie, así que me acerqué un poco más, me arrimé a otra roca, me asomé, nada. Acerqué el oído a la roca y pude percibir levemente los agitados latidos de mi propio corazón, y nada más.
Tomé aire, me asomé, y corrí agachado hasta la pared desde la que monté guardia la noche anterior, se veía perfectamente la carretera pese a estar incluso un poco por debajo de ésta. Escudriñé los alrededores y no vi a nadie, así que me asomé a ver si nos habían quitado algo, aunque no podía verse la moto desde la carretera vigilé bastante antes de tocar nada.
Parecía que se habían ido, incluso no noté que hubiera ninguna huella cercana que no fueran las nuestras, así que me levanté, di un silbido para avisar a mi compañera de que no había peligro, y salí a plena luz y me dispuse a recoger la manta que saqué para dormir.

¡TOC!

Algo me golpeó muy fuerte en la espalda, caí al suelo y me di la vuelta entre fuerte dolor para ver qué había pasado. Me vi de cara a un tipo cubierto con ropas para el desierto, con la cara tapada y apuntándome con lo que no sabia identificar si era un rifle, o una escopeta, o qué carajo era, casi no podía ver por el dolor del golpe.

-Como te muevas te abro la jeta a balazos, tío -Me dijo, no parecía demasiado amistoso, cosa que ya esperaba.
Antes de que pudiera responder soltó un quejido sordo. De pronto cayó hacia mí y vi que llevaba un cuchillo  no muy pequeño clavado en la nuca. Y ahí estaba, mi amiguita tan simpática, con cara de susto, callada, mirando fijamente al tipo que acababa de matar por la espalda, temblando y con los ojos desorbitados.

-Gracias -fue lo único que conseguí articular, me levanté a duras penas y fui hacia ella. Aún temblaba, como si no pudiera creer lo que había hecho -En serio, gracias, me has salvado el pellejo.

-Muerto... -susurró. Debía ser la primera vez que cargaba contra alguien, por lo menos contra alguien aparentemente humano del todo.

No supe qué hacer y la abracé, tan pronto como la tuve en mis brazos se desplomó y yo con ella. Y allí nos quedamos, de rodillas, yo abrazándola, y ella temblando de miedo.

-Tranquila, no has hecho nada malo, me has salvado la vida y la tuya -le dije, aunque sabía que no podía hacer nada por consolarla.

La sujeté por los hombros, la miré directamente a sus ojos verdes y atemorizados y le dije -está bien, no es culpa tuya.

Comenzó a llorar.

lunes, 16 de septiembre de 2013

CAPÍTULO SÉPTIMO: Pasadizos.

-Qué frío...

Temblé a la vez que intentaba ver algo en la oscuridad de aquél lugar. Parecía que estuviera en un enorme baúl, estaba todo tan oscuro que no conseguía ver nada. De pronto reparé en que había un pequeño montón de brasas en el suelo cerca de mí. Pensé que sería de la hoguera de la noche anterior, parecía que aún quedara algo de vida en esa madera muerta, me acerqué a tientas y soplé ligeramente.

De pronto toda la estancia se iluminó levemente, lo suficiente para que mis ojos acostumbrados a la negrura vieran el horror de esa criatura. No tuve tiempo de ver nada, pareció no darse cuenta de que estaba ahí, intenté, mientras duraba la tenue luz, ver la salida.

¡Premio!

Justo a mi derecha tenía la salida, pero... ¿y Anne? ¿Y el viejo? Recordaba haberme dormido después de que el viejo harapiento nos contara la historia de La Niebla que lo cubría todo, y Anne... Me había sacado de un apuro justo al salir del Hospital. ¿Qué rayos pasaba? No estaban, ni siquiera había rastros de que hubieran estado allí. ¿Estaría yo en otro lugar? No, la verdad es que no lo estaba, pero en lugar de mi compañera de viaje y el señor andrajoso estaba una monstruosa criatura de largos y peludos brazos, con una boca inmensa llena de horripilantes dientes, que olía a establo y con unas piernas que parecían poder llegar a velocidades bastante altas. Estaba completamente acojonado. Tenía que salir de ahí, y no sabía ni siquiera dónde estaba, ni cómo salir.
Salí por la puertecilla que divisé no hacía ni un momento. Todo iba bien, conseguí no hacer prácticamente nada de ruido.

Una vez fuera, siguiendo en las tinieblas de aquella especie de zulo, fui palpando por la pared y di rápidamente con un 'cul de sac', de modo que volví sobre mis pasos. Despacio, con cuidado, tanteando bien y con el oído completamente concentrado en detectar a mi amigo el peludo que tanto me había sobresaltado al despertar y soplarle a las cenizas.

Pasé la puerta por la que había salido antes, seguí recto, di en una esquina, y oí un ligero murmullo.
El pelo se me erizó en todo el cuerpo, empecé a sudar frío y un vacío inmenso ocupó el lugar en el que pensaba que tenía mi corazón y mis pulmones. No podía ocurrírseme nada peor que lo que había ocurrido.

De pronto oí una especie de graznido, como de pájaro, como de cuervo, pero más grave, como si fuera un cuervo muy grande, seguido de fuerte respiración.

Estaba siguiéndome.

Corrí hacia el frente con los brazos por delante, intentando no hacer ruido, cosa imposible cuando corres, a oscuras, por un pasadizo lleno de cacharros y escombros por el suelo.

Aquello estaba justo detrás de mí, torcí varias veces tras estamparme contra varios muros. Debía haber recorrido ya media hectárea huyendo de aquél animal extraño. De súbito me di de bruces contra una superficie dura que cedió, una improvisada puerta hecha con maderas de palés y cuerdas se precipitó hacia fuera y yo caí detrás de ella. Me levanté rápidamente y vi que estaba fuera. Aire, luz, ¡coches! Atravesé la calle y me escondí detrás de un coche que parecía estampado pese a estar perfectamente aparcado.

El extraño ser sacó la cabeza, seguida de un cuello largo y peludo, parecía un peluche horrible de los teleñecos. Pero era real, era de un color rojizo, olfateó en ambas direcciones y volvió a meterse en el pasadizo, pude ver que no tenía ojos. Ni siquiera debía saber que había luz ahí fuera.

Vi que detrás del coche tras el que me escondía estaba aparcado un camión grande bastante intacto, y al ver que estaba empezando a empañarse el ambiente, llenándose de una espesa niebla que simplemente aparecía, no venía de ningún lugar, aparecía sin más en todas partes, conseguí abrir la puerta del camión y me metí en la cabina. Hubo suerte, camión con cabina con cama para dormir. No son comunes esos camiones en un lugar como Palma. Decidí que lo mejor sería esperar a que se disipara la niebla, vi que había cortinas en las ventanas de la cabina y las corrí todas, no quería que me vieran desde fuera, y lo que menos quería era ver lo que pudiera traer esa maldita niebla. ¿Dónde se habrían metido Anne y el viejo? Empezaba a pensar que todo era una broma pesada de mi mente para suplir la soledad de aquél lugar. No se oía nada en ninguna dirección.

Cuando llevaba allí un buen rato y ya me había fumado un par de cigarrillos oí un rumor lejano.

De pronto, como de la nada, apareció un grupo enorme de 'Sombras', parecían comunicarse entre sí, y barrieron todo el lugar, se pararon alrededor del camión y lo golpearon, gritando algo incomprensible. Pero lo dejaron estar por las buenas, algo debió decirles que no era bueno abrir ese camión, o permanecer en aquél lugar. Lo mejor iba a ser conseguir dormir. Cuando se disipara la niebla podría intentar salir de una vez de aquél paraje de pesadilla. Empezaba a pensar que nada era real.

lunes, 2 de septiembre de 2013

CAPÍTULO SEXTO: Huida

Estaba justo en la esquina del parking, y lo vi, no sabía qué era, pero lo vi, de espaldas a mí, aquel enorme intento de insecto mutante gigantesco. Seguro que eso corría más que yo con la moto por una montaña de escombros. ¿Qué se supone que hay que hacer contra eso? ¿Qué es, un escarabajo mutante gigante? Espero que por lo menos no lance llamas o sea demasiado grande como para volar...


Mientras mis pesimistas pensamientos me invadían me oculté tras la esquina y procuré pensar un plan, pero no se me ocurrió nada. Aunque consiguiera alejarlo del a zona, al encender el motor haría ruido como para llamarlo a dos kilómetros. Estaba jodido. O tendría que irme a pie. O conducir muy muy rápido, y conseguir arrancar a la primera, cosa que era incluso más difícil.

Al tanto de que mis preocupaciones me ocupaban la cabeza aquel bicho debió oler la humedad o algo pasaba en otra parte del hospital, porque se puso rápidamente en camino, ¿era alguna clase de milagro?
Entonces lo olí, a pesar de la máscara y del filtro era casi palpable. Algo había hecho prender el hospital entero en llamas. Lástima que no estuviera yo ahí para encender los aspersores, porque pareció que el sistema automático fallaba bastante. Lo importante era que, entre la confusión del escarabajo gigante persiguiendo a los amigos quemados, yo podría intentar huir de allí.

Me encaminé, precavidamente, por un lateral, hacia el parking, no había casi ningún vehículo, sólo un par de ambulancias medio desvalijadas, una camioneta estrellada contra una farola, y unas pocas motocicletas aparcadas de cualquier manera. Y allí estaba la mía, menos mal, creía que no volvería a verla. Sólo faltaba que arrancara. Las ruedas mantenían bien la presión, no parecía que faltara combustible, todo parecía estar en su sitio, sería bueno saber quién la había llevado hasta allí después de mi accidente, se lo agradecería y mucho, aunque seguramente estaba debajo de los escombros de algún edificio, o algo.

Momento de tensión. Las llaves estaban en el bolsillo, sabía que las conservaba por algún motivo. Ponemos el contacto. No hay batería, leñe. Hay que arrancar a patada. Pensándolo mejor, no arranquemos, mejor buscar una salida primero, no fuera cosa que me quedara encerrado y con una fuente de ruido que atrajera a todo ente viviente de la zona...

Empujé aquél aparato de metal, cuero y caucho vulcanizado siguiendo las indicaciones de "Salida", el camino estaba bastante despejado, eso está bien, salvo que sea una película de terror, pero no es una película de terror, ¿verdad?

Ya desde el final de la calle pude ver la salida, estaba entre abierta, y la calle de en frente no parecía estar colapsada, incluso se veía un letrero de una autovía cercana, si conseguía meterme ahí quizás pudiera salir de la ciudad rápidamente. Empujé hasta la verja de salida, y parecía que de pronto se congregara ahí en medio toda una legión de 'supervivientes' que se quejaban entre gemidos y lamentos con sus cuerpos a medio quemar. Me dio tiempo de desviarme, dejé la moto al lado de la caseta del guarda de seguridad, me oculté detrás de esta y esperé a ver si se dispersaban, aunque parecía que iban a ver el incendio de más arriba, aquel hospital ardía como el mismísimo infierno.

Pareció que no eran tantos, tras varios minutos hubieron pasado todos, no pareció que ninguno se diera cuenta de mi presencia en la caseta del vigilante. Cuando hubieron pasado saqué la moto fuera y escuché. Se oía el fuego devorando el hospital sobre la colina, se oía a toda aquella muchedumbre pululando a su alrededor como si fuera un espectáculo a contemplar. Pero no se oía nada más. Eso era bueno y malo, si no se oía nada significaba que no había nadie alrededor, pero significaba que nada encubriría el sonido del motor, habría que darse prisa en salir de ahí, empezaba a anochecer...

Llaves. En el contacto. Combustible. Comprobado. Ruedas. Comprobado. Luces. No había batería, habría que arrancar primero. Vamos allá. Le di la patada al arranque. Nada. Otra más. Nada. Otra más. Nada.
Esto empezaba a impacientarme. Como alguien me oyera estaba apañado. Otra más. Nada.
Mierda. No he mirado el grifo del combustible.

Cerrado.

...

Casi podía sentir la colleja que todos los motoristas de la historia me estaban dando en ese momento. Qué horror...

Abrí el grifo de gasolina. Patada. Arrancó. Mi alegría inicial se vio súbitamente cortada por el ruido de aquellos que contemplaban el incendio viniendo a ver qué hacía tanto ruido ahí fuera. El escarabajo parecía acompañarlos mientras devoraba a alguno. No me gustaría nada estar en su piel, había que salír de ahí si no quería acabar como ellos.

Metí primera y salí echando leches como un rayo, la calle parecía más sucia que lo que estaba, casi no había baches ni escombros comparado con lo que esperaba. Llegué al final de la calle a toda velocidad, busqué algún letrero que indicara pueblos fuera, pero no había nada. Tenía que ir a ciegas.

De pronto me vi detenido, con el motor en marcha, y sintiendo ojos furiosos clavándoseme en la espalda. Arranqué otra vez, directo a la primera calle rápidamente transitable que encontrara, tenía que salir de ahí urgentemente.

Seguí recto durante un buen trecho, crucé un puente bastante maltrecho, giré a la derecha y divisé el final de la línea de casas a varios cientos de metros. Esto promete, me dije, pero al llegar al primer cruce tuve que frenar de golpe, la calle estaba cortada, o eso me pareció. De repente alguien se abalanzó sobre mí y me sacudió.

-¿Qué mierda haces? ¿Estás loco? ¡Apaga eso! -Parecía una chiquilla asustada, pero no lo era. Iba claramente protegida contra la nube tóxica, con ropa que debió conseguir en alguna tienda de senderismo. Estaba claramente preparada para sobrevivir ahí o en cualquier sitio.
-¿Por qué me tiras? ¿Qué mierda haces tú? Me voy de aquí -dije, y me encaminé a la moto que seguía encendida y tirada en el suelo.

-Espera -me agarró del brazo- llévame contigo, no quiero seguir aquí.
-Ni siquiera sabes si soy de fiar.
-Más que todos estos que vienen a vernos seguro.
Me fijé en que una gran horda de energúmenos se acercaba, debían haberme perseguido por media ciudad.
-Sube.

Incorporé la moto, subimos los dos y salimos disparados. Pareció que la acera estaba libre así que por allí me metí, aunque atravesé la terraza de un bareto que tenía sillas de plástico desperdigadas frente a la puerta.
Una vez llegamos al final de la calle miré atrás, la nube de gas parecía disiparse lejos de la ciudad, avanzamos durante un buen rato más a pleno gas. Había que alejarse lo máximo posible. Ya habría tiempo para preguntas. Era agradable tener compañía en la desolación del escenario que acababa de presenciar.

Cuando ya era noche cerrada y llevaba como una hora conduciendo decidí que había que pararse a dormir. Ella se había dormido agarrada a mí, debió pasar bastante miedo en ese desdichado lugar. Extendí las mantas bajo un saliente para protegernos del frío y del rocío de la mañana, aunque dejé un par de recipientes vacíos abiertos para recoger lo que pudiera. Nos encontrábamos a unos cien metros de la carretera, por precaución. La dejé en la manta, la tapé y monté guardia hasta caer rendido apoyado en la roca que conservaba el calor del sol de esa zona desértica.

CAPÍTULO QUINTO: Despertar

-¡Ding!-

-Sujeto limpio.

Ésa voz me resulta familiar, vale, ahora vendrá la enfermera, mejor levantarse.

Abrí los ojos con la esperanza de encontrarme a la simpática enfermera Amalia, o al Dr. Strano, debía hacer casi un día y medio que no pasaban a verme ni a hacer rehabilitación. Pero cuál fue mi sorpresa, y mi horror, al encontrarme a una torturada criatura arrastrándose por el suelo, sangrando por múltiples heridas provocadas por un alambre de espino enredado alrededor de todo su cuerpo, con las piernas atadas y la espalda arqueada. Parecía como si hubieran colgado a esa criatura de los pies y del cuello a la vez. Emitía unos sonidos espantosos parecidos a quejidos, y no era de extrañar, sus ojos inyectados en sangre declaraban más terror que el que yo sentía, pero a la vez una rabia casi incontenible. Debió haberse quedado en una lluvia de ceniza o algo, estaba cubierto de mugre y restos calcinados, por suerte no parecía tratarse del Dr. Strano ni de Amalia. Había que salir de ahí. Pero... ¿cómo? Una extraña y aterradora criatura se arrastraba hacia mí despacio, muy despacio, pero cerrándome la vía de escape. Y por la ventana se me antojó mala idea, siendo un piso bastante elevado y sin balcones.

Entonces decidí que atraería a aquél ser hacia un lateral y luego le cerraría el paso con la camilla y huiría por el otro lado, o saltaría por encima, ¿qué más daba?
Me puse manos a la obra, menos mal que dormí vestido, por algún motivo caí rendido sin darme tiempo a cambiarme. Por suerte eso me libró de pasear en la bata característica de los pacientes de hospital. Entonces me encaminé hacia un lado, y aquello me miró, como sabiendo qué iba a hacer, me miró fijamente a los ojos, empecé a sudar frío, me temblaban las piernas, me dio la sensación de que no tenía tan controlada la situación como querría desear. Entonces avanzó hacia mí, me aparté y me siguió, una vez alejado lo suficiente de la puerta le cerré el paso con un movimiento, empujé la camilla cerrándole el paso, y corrí, no recuerdo haber corrido tan asustado en la vida. Luego me detuve, a mitad del pasillo, las luces estaban apagadas dos de cada tres, parecía hecho a propósito para casos de carencia de energía. Miré atrás para ver si aquel ser me seguía, pero no pude ver nada. Entonces se oyó un estallido, seguido de un grito de dolor como he oído pocos. De repente aquel ser salió de mi habitación, corriendo, envuelto aún en alambre de espino, desgarrado por todas partes de su cuerpo y sangrando. Me miró con furia mortal y empezó a correr hacia mí. Esa sí que fue la vez en la que más recuerdo haber corrido en toda mi vida.

Salí despedido casi sin pensarlo, en línea recta y en dirección opuesta a donde estaba aquél ser espantoso. Cuando llegué al final del pasillo vi dos opciones, 'cirugía' y 'cafetería'. No me parecía normal que esas fueran las dos únicas salidas de un pasillo de habitaciones, pero estaba claro. Cafetería. Eso suele dar a la salida. Y así era, no podría haber elegido un camino peor. La desoladora estampa que me aguardaba a la salida de aquél horrible lugar no podía parecerse más al fin del mundo. La cercana ciudad humeando, columnas de humo y llamas esparcidas por doquier, no entendía nada. -¿Qué habrá pasado? -Me dije.

Aunque era evidente, aquella alerta de epidemia, o lo que fuera, debió acabar por írseles de las manos, la gente debió perder el control. Pero ¿cómo no me di cuenta? No habían pasado ni dos días. Busqué una manera de ir a terreno desolado. Si no hay nada, nadie puede atacarte, porque no hay nadie. La lógica de mi argumento era aplastante así que decidí buscar algo que echarme a la boca en la cafetería y después buscar un medio de transporte.

Justo al ir a salir vi que había una especie de vapor en el aire, no tenía buena pinta, las plantas del jardín estaban marchitas y no hacía ni dos días estuve disfrutando de su verdor y el aroma de las pocas flores que tuvieron el valor de abrirse. Mejor no salir, busqué algún equipo de protección contra gases. No había nada, el terror me dominó.

Quizás habría que buscar en algún lugar un poco más oculto, parecía que se hubieran llevado lo poco que había, sólo conseguí rescatar un trozo de pan medio mohoso de la cocina de la cafetería. Sólo esperaba no tener que adentrarme mucho en el hospital, haber despistado a aquel ser extraño, que parecía no querer acercarse a la salida, la primera vez, ya me pareció demasiado heroico. Había que mirar en recepción y en la sala de urgencias, suele estar lo suficientemente 'en el exterior' como para que no hubiera seres extraños. Decidí arriesgar, no podía hacer más.

Después de andar por un pasillo acristalado que daba al exterior llegué a recepción. Quien quiera que fuera que pasó por ahí antes de llegar el vapor se había cebado con todo. Todo estaba tirado por los suelos, roto o desperdigado. Incluso se habían llevado los extintores, ya me dirás para qué. Aunque llevarme una manguera de incendios podría ser buena idea. Siempre vienen bien cincuenta metros de tejido resistente, impermeable y con enganches de metal en las puntas. Pesaba un poco pero era asumible, me la puse en bandolera y seguí adelante. Y al llegar a recepción casi me da un infarto. El amigo de los alambres estaba ahí, las puertas estaban cerradas así que no debía haber peligro. Y lo mejor de todo es que se había traído a sus amigotes del alma. Que pululaban medio arrastrándose, cubiertos de mugre y ceniza, con cara de haber disfrutado más de otras épocas. Había que ser sigiloso, la manguera tenía que quedarse en un punto clave. La dejé en el porta-paquete de debajo de una camilla, no parecía llamar mucho la atención ahí, dejé también el chaleco y las llaves, no iba a necesitarlas demasiado, después de todo, y la cartera, aún tenía un par de cacharros en los bolsillos que decidí dejar también. Todo a buen recaudo en un lateral del pasillo, donde no estorbara, así no se perdería nada. Entonces me interné en el vestíbulo, escondido tras unas filas de butacas de la sección de espera. Debía llegar hasta el mostrador, pero había varios metros al descubierto que no tenía ganas de cruzar a la vista de aquellos amigables caballeros. Paré y me quedé analizando el lugar, tenía que haber una manera. Quizás podía llamar su atención en otro lugar. ¿Pero cómo? Entonces vi la solución, había una puertecita de contadores eléctricos o de aguas, algo podría hacer con eso, por suerte la cerradura se había llevado un golpe en algún momento y era fácil de abrir sin hacer ruido, y podía seguir oculto.

Una vez abierta la puertecita vi que había varias llaves de aguas y un plano gastado en el que explicaba el funcionamiento de emergencia de los aspersores anti-incendios de última generación de una marca que no conocía de nada. Abrí la llave y empezó a salir, a duras penas, agua sucia, como con restos de óxido, de unos aspersores muy bien ocultos en el techo. Me cubrí, por si acaso, y esperé a ver cómo reaccionaban.

No tuve que esperar mucho a ver la reacción. El agua les limpió las cenizas y la mugre en gran parte y podía verse que tenían la mayoría del cuerpo quemado y en carne viva. Yo también estaría cabreado. Aunque pareció aliviarles el agua fresca, en seguida parecieron cuestionar el origen de tan súbita lluvia interior. Y empezaron a escudriñar el lugar, y debía ser mi día de suerte porque empezaron por la otra punta, todos de espaldas a mí. Encontraron una bolsa llena de ropa vieja y se divirtieron un rato lanzándola por los aires, así que pude ir detrás del mostrador. Lástima, no había nada, pero en la oficina de detrás... ¡premio! Un set de protección para ataques bio-químicos, ¿qué clase de hospital tenía eso? Daba igual, me venía de perlas. Me asomé a ver qué tal iban mis amigotes, y no se habían cansado de lanzar ropa por los aires, así que pasé hasta mi línea de butacas, esas benditas butacas me cubrían entero estando en cuclillas. Rápidamente salí de ahí, recogí mis cosas, me puse mi reluciente kit anti-químico y lo aposté todo saliendo al patio principal. Allí no había nadie, sólo una nube de vapor presuntamente tóxico. Con el kit venían unos filtros para cambiar, aunque no sabía cuándo era necesario cambiarlos, intentaría alargar su vida útil lo máximo posible. Entonces vi un cartel azul, con una gran P. Un aparcamiento. Vehículos. Estaría mi moto allí? Ojalá, no parecía que fuera a haber sitio para vehículos grandes sin tener que subirse por encima de todo tipo de cosas.