-¡Ding!-
-Sujeto limpio.
Ésa voz me resulta familiar, vale, ahora vendrá la enfermera, mejor levantarse.
Abrí los ojos con la esperanza de encontrarme a la simpática enfermera Amalia, o al Dr. Strano, debía hacer casi un día y medio que no pasaban a verme ni a hacer rehabilitación. Pero cuál fue mi sorpresa, y mi horror, al encontrarme a una torturada criatura arrastrándose por el suelo, sangrando por múltiples heridas provocadas por un alambre de espino enredado alrededor de todo su cuerpo, con las piernas atadas y la espalda arqueada. Parecía como si hubieran colgado a esa criatura de los pies y del cuello a la vez. Emitía unos sonidos espantosos parecidos a quejidos, y no era de extrañar, sus ojos inyectados en sangre declaraban más terror que el que yo sentía, pero a la vez una rabia casi incontenible. Debió haberse quedado en una lluvia de ceniza o algo, estaba cubierto de mugre y restos calcinados, por suerte no parecía tratarse del Dr. Strano ni de Amalia. Había que salir de ahí. Pero... ¿cómo? Una extraña y aterradora criatura se arrastraba hacia mí despacio, muy despacio, pero cerrándome la vía de escape. Y por la ventana se me antojó mala idea, siendo un piso bastante elevado y sin balcones.
Entonces decidí que atraería a aquél ser hacia un lateral y luego le cerraría el paso con la camilla y huiría por el otro lado, o saltaría por encima, ¿qué más daba?
Me puse manos a la obra, menos mal que dormí vestido, por algún motivo caí rendido sin darme tiempo a cambiarme. Por suerte eso me libró de pasear en la bata característica de los pacientes de hospital. Entonces me encaminé hacia un lado, y aquello me miró, como sabiendo qué iba a hacer, me miró fijamente a los ojos, empecé a sudar frío, me temblaban las piernas, me dio la sensación de que no tenía tan controlada la situación como querría desear. Entonces avanzó hacia mí, me aparté y me siguió, una vez alejado lo suficiente de la puerta le cerré el paso con un movimiento, empujé la camilla cerrándole el paso, y corrí, no recuerdo haber corrido tan asustado en la vida. Luego me detuve, a mitad del pasillo, las luces estaban apagadas dos de cada tres, parecía hecho a propósito para casos de carencia de energía. Miré atrás para ver si aquel ser me seguía, pero no pude ver nada. Entonces se oyó un estallido, seguido de un grito de dolor como he oído pocos. De repente aquel ser salió de mi habitación, corriendo, envuelto aún en alambre de espino, desgarrado por todas partes de su cuerpo y sangrando. Me miró con furia mortal y empezó a correr hacia mí. Esa sí que fue la vez en la que más recuerdo haber corrido en toda mi vida.
Salí despedido casi sin pensarlo, en línea recta y en dirección opuesta a donde estaba aquél ser espantoso. Cuando llegué al final del pasillo vi dos opciones, 'cirugía' y 'cafetería'. No me parecía normal que esas fueran las dos únicas salidas de un pasillo de habitaciones, pero estaba claro. Cafetería. Eso suele dar a la salida. Y así era, no podría haber elegido un camino peor. La desoladora estampa que me aguardaba a la salida de aquél horrible lugar no podía parecerse más al fin del mundo. La cercana ciudad humeando, columnas de humo y llamas esparcidas por doquier, no entendía nada. -¿Qué habrá pasado? -Me dije.
Aunque era evidente, aquella alerta de epidemia, o lo que fuera, debió acabar por írseles de las manos, la gente debió perder el control. Pero ¿cómo no me di cuenta? No habían pasado ni dos días. Busqué una manera de ir a terreno desolado. Si no hay nada, nadie puede atacarte, porque no hay nadie. La lógica de mi argumento era aplastante así que decidí buscar algo que echarme a la boca en la cafetería y después buscar un medio de transporte.
Justo al ir a salir vi que había una especie de vapor en el aire, no tenía buena pinta, las plantas del jardín estaban marchitas y no hacía ni dos días estuve disfrutando de su verdor y el aroma de las pocas flores que tuvieron el valor de abrirse. Mejor no salir, busqué algún equipo de protección contra gases. No había nada, el terror me dominó.
Quizás habría que buscar en algún lugar un poco más oculto, parecía que se hubieran llevado lo poco que había, sólo conseguí rescatar un trozo de pan medio mohoso de la cocina de la cafetería. Sólo esperaba no tener que adentrarme mucho en el hospital, haber despistado a aquel ser extraño, que parecía no querer acercarse a la salida, la primera vez, ya me pareció demasiado heroico. Había que mirar en recepción y en la sala de urgencias, suele estar lo suficientemente 'en el exterior' como para que no hubiera seres extraños. Decidí arriesgar, no podía hacer más.
Después de andar por un pasillo acristalado que daba al exterior llegué a recepción. Quien quiera que fuera que pasó por ahí antes de llegar el vapor se había cebado con todo. Todo estaba tirado por los suelos, roto o desperdigado. Incluso se habían llevado los extintores, ya me dirás para qué. Aunque llevarme una manguera de incendios podría ser buena idea. Siempre vienen bien cincuenta metros de tejido resistente, impermeable y con enganches de metal en las puntas. Pesaba un poco pero era asumible, me la puse en bandolera y seguí adelante. Y al llegar a recepción casi me da un infarto. El amigo de los alambres estaba ahí, las puertas estaban cerradas así que no debía haber peligro. Y lo mejor de todo es que se había traído a sus amigotes del alma. Que pululaban medio arrastrándose, cubiertos de mugre y ceniza, con cara de haber disfrutado más de otras épocas. Había que ser sigiloso, la manguera tenía que quedarse en un punto clave. La dejé en el porta-paquete de debajo de una camilla, no parecía llamar mucho la atención ahí, dejé también el chaleco y las llaves, no iba a necesitarlas demasiado, después de todo, y la cartera, aún tenía un par de cacharros en los bolsillos que decidí dejar también. Todo a buen recaudo en un lateral del pasillo, donde no estorbara, así no se perdería nada. Entonces me interné en el vestíbulo, escondido tras unas filas de butacas de la sección de espera. Debía llegar hasta el mostrador, pero había varios metros al descubierto que no tenía ganas de cruzar a la vista de aquellos amigables caballeros. Paré y me quedé analizando el lugar, tenía que haber una manera. Quizás podía llamar su atención en otro lugar. ¿Pero cómo? Entonces vi la solución, había una puertecita de contadores eléctricos o de aguas, algo podría hacer con eso, por suerte la cerradura se había llevado un golpe en algún momento y era fácil de abrir sin hacer ruido, y podía seguir oculto.
Una vez abierta la puertecita vi que había varias llaves de aguas y un plano gastado en el que explicaba el funcionamiento de emergencia de los aspersores anti-incendios de última generación de una marca que no conocía de nada. Abrí la llave y empezó a salir, a duras penas, agua sucia, como con restos de óxido, de unos aspersores muy bien ocultos en el techo. Me cubrí, por si acaso, y esperé a ver cómo reaccionaban.
No tuve que esperar mucho a ver la reacción. El agua les limpió las cenizas y la mugre en gran parte y podía verse que tenían la mayoría del cuerpo quemado y en carne viva. Yo también estaría cabreado. Aunque pareció aliviarles el agua fresca, en seguida parecieron cuestionar el origen de tan súbita lluvia interior. Y empezaron a escudriñar el lugar, y debía ser mi día de suerte porque empezaron por la otra punta, todos de espaldas a mí. Encontraron una bolsa llena de ropa vieja y se divirtieron un rato lanzándola por los aires, así que pude ir detrás del mostrador. Lástima, no había nada, pero en la oficina de detrás... ¡premio! Un set de protección para ataques bio-químicos, ¿qué clase de hospital tenía eso? Daba igual, me venía de perlas. Me asomé a ver qué tal iban mis amigotes, y no se habían cansado de lanzar ropa por los aires, así que pasé hasta mi línea de butacas, esas benditas butacas me cubrían entero estando en cuclillas. Rápidamente salí de ahí, recogí mis cosas, me puse mi reluciente kit anti-químico y lo aposté todo saliendo al patio principal. Allí no había nadie, sólo una nube de vapor presuntamente tóxico. Con el kit venían unos filtros para cambiar, aunque no sabía cuándo era necesario cambiarlos, intentaría alargar su vida útil lo máximo posible. Entonces vi un cartel azul, con una gran P. Un aparcamiento. Vehículos. Estaría mi moto allí? Ojalá, no parecía que fuera a haber sitio para vehículos grandes sin tener que subirse por encima de todo tipo de cosas.
-Sujeto limpio.
Ésa voz me resulta familiar, vale, ahora vendrá la enfermera, mejor levantarse.
Abrí los ojos con la esperanza de encontrarme a la simpática enfermera Amalia, o al Dr. Strano, debía hacer casi un día y medio que no pasaban a verme ni a hacer rehabilitación. Pero cuál fue mi sorpresa, y mi horror, al encontrarme a una torturada criatura arrastrándose por el suelo, sangrando por múltiples heridas provocadas por un alambre de espino enredado alrededor de todo su cuerpo, con las piernas atadas y la espalda arqueada. Parecía como si hubieran colgado a esa criatura de los pies y del cuello a la vez. Emitía unos sonidos espantosos parecidos a quejidos, y no era de extrañar, sus ojos inyectados en sangre declaraban más terror que el que yo sentía, pero a la vez una rabia casi incontenible. Debió haberse quedado en una lluvia de ceniza o algo, estaba cubierto de mugre y restos calcinados, por suerte no parecía tratarse del Dr. Strano ni de Amalia. Había que salir de ahí. Pero... ¿cómo? Una extraña y aterradora criatura se arrastraba hacia mí despacio, muy despacio, pero cerrándome la vía de escape. Y por la ventana se me antojó mala idea, siendo un piso bastante elevado y sin balcones.
Entonces decidí que atraería a aquél ser hacia un lateral y luego le cerraría el paso con la camilla y huiría por el otro lado, o saltaría por encima, ¿qué más daba?
Me puse manos a la obra, menos mal que dormí vestido, por algún motivo caí rendido sin darme tiempo a cambiarme. Por suerte eso me libró de pasear en la bata característica de los pacientes de hospital. Entonces me encaminé hacia un lado, y aquello me miró, como sabiendo qué iba a hacer, me miró fijamente a los ojos, empecé a sudar frío, me temblaban las piernas, me dio la sensación de que no tenía tan controlada la situación como querría desear. Entonces avanzó hacia mí, me aparté y me siguió, una vez alejado lo suficiente de la puerta le cerré el paso con un movimiento, empujé la camilla cerrándole el paso, y corrí, no recuerdo haber corrido tan asustado en la vida. Luego me detuve, a mitad del pasillo, las luces estaban apagadas dos de cada tres, parecía hecho a propósito para casos de carencia de energía. Miré atrás para ver si aquel ser me seguía, pero no pude ver nada. Entonces se oyó un estallido, seguido de un grito de dolor como he oído pocos. De repente aquel ser salió de mi habitación, corriendo, envuelto aún en alambre de espino, desgarrado por todas partes de su cuerpo y sangrando. Me miró con furia mortal y empezó a correr hacia mí. Esa sí que fue la vez en la que más recuerdo haber corrido en toda mi vida.
Salí despedido casi sin pensarlo, en línea recta y en dirección opuesta a donde estaba aquél ser espantoso. Cuando llegué al final del pasillo vi dos opciones, 'cirugía' y 'cafetería'. No me parecía normal que esas fueran las dos únicas salidas de un pasillo de habitaciones, pero estaba claro. Cafetería. Eso suele dar a la salida. Y así era, no podría haber elegido un camino peor. La desoladora estampa que me aguardaba a la salida de aquél horrible lugar no podía parecerse más al fin del mundo. La cercana ciudad humeando, columnas de humo y llamas esparcidas por doquier, no entendía nada. -¿Qué habrá pasado? -Me dije.
Aunque era evidente, aquella alerta de epidemia, o lo que fuera, debió acabar por írseles de las manos, la gente debió perder el control. Pero ¿cómo no me di cuenta? No habían pasado ni dos días. Busqué una manera de ir a terreno desolado. Si no hay nada, nadie puede atacarte, porque no hay nadie. La lógica de mi argumento era aplastante así que decidí buscar algo que echarme a la boca en la cafetería y después buscar un medio de transporte.
Justo al ir a salir vi que había una especie de vapor en el aire, no tenía buena pinta, las plantas del jardín estaban marchitas y no hacía ni dos días estuve disfrutando de su verdor y el aroma de las pocas flores que tuvieron el valor de abrirse. Mejor no salir, busqué algún equipo de protección contra gases. No había nada, el terror me dominó.
Quizás habría que buscar en algún lugar un poco más oculto, parecía que se hubieran llevado lo poco que había, sólo conseguí rescatar un trozo de pan medio mohoso de la cocina de la cafetería. Sólo esperaba no tener que adentrarme mucho en el hospital, haber despistado a aquel ser extraño, que parecía no querer acercarse a la salida, la primera vez, ya me pareció demasiado heroico. Había que mirar en recepción y en la sala de urgencias, suele estar lo suficientemente 'en el exterior' como para que no hubiera seres extraños. Decidí arriesgar, no podía hacer más.
Después de andar por un pasillo acristalado que daba al exterior llegué a recepción. Quien quiera que fuera que pasó por ahí antes de llegar el vapor se había cebado con todo. Todo estaba tirado por los suelos, roto o desperdigado. Incluso se habían llevado los extintores, ya me dirás para qué. Aunque llevarme una manguera de incendios podría ser buena idea. Siempre vienen bien cincuenta metros de tejido resistente, impermeable y con enganches de metal en las puntas. Pesaba un poco pero era asumible, me la puse en bandolera y seguí adelante. Y al llegar a recepción casi me da un infarto. El amigo de los alambres estaba ahí, las puertas estaban cerradas así que no debía haber peligro. Y lo mejor de todo es que se había traído a sus amigotes del alma. Que pululaban medio arrastrándose, cubiertos de mugre y ceniza, con cara de haber disfrutado más de otras épocas. Había que ser sigiloso, la manguera tenía que quedarse en un punto clave. La dejé en el porta-paquete de debajo de una camilla, no parecía llamar mucho la atención ahí, dejé también el chaleco y las llaves, no iba a necesitarlas demasiado, después de todo, y la cartera, aún tenía un par de cacharros en los bolsillos que decidí dejar también. Todo a buen recaudo en un lateral del pasillo, donde no estorbara, así no se perdería nada. Entonces me interné en el vestíbulo, escondido tras unas filas de butacas de la sección de espera. Debía llegar hasta el mostrador, pero había varios metros al descubierto que no tenía ganas de cruzar a la vista de aquellos amigables caballeros. Paré y me quedé analizando el lugar, tenía que haber una manera. Quizás podía llamar su atención en otro lugar. ¿Pero cómo? Entonces vi la solución, había una puertecita de contadores eléctricos o de aguas, algo podría hacer con eso, por suerte la cerradura se había llevado un golpe en algún momento y era fácil de abrir sin hacer ruido, y podía seguir oculto.
Una vez abierta la puertecita vi que había varias llaves de aguas y un plano gastado en el que explicaba el funcionamiento de emergencia de los aspersores anti-incendios de última generación de una marca que no conocía de nada. Abrí la llave y empezó a salir, a duras penas, agua sucia, como con restos de óxido, de unos aspersores muy bien ocultos en el techo. Me cubrí, por si acaso, y esperé a ver cómo reaccionaban.
No tuve que esperar mucho a ver la reacción. El agua les limpió las cenizas y la mugre en gran parte y podía verse que tenían la mayoría del cuerpo quemado y en carne viva. Yo también estaría cabreado. Aunque pareció aliviarles el agua fresca, en seguida parecieron cuestionar el origen de tan súbita lluvia interior. Y empezaron a escudriñar el lugar, y debía ser mi día de suerte porque empezaron por la otra punta, todos de espaldas a mí. Encontraron una bolsa llena de ropa vieja y se divirtieron un rato lanzándola por los aires, así que pude ir detrás del mostrador. Lástima, no había nada, pero en la oficina de detrás... ¡premio! Un set de protección para ataques bio-químicos, ¿qué clase de hospital tenía eso? Daba igual, me venía de perlas. Me asomé a ver qué tal iban mis amigotes, y no se habían cansado de lanzar ropa por los aires, así que pasé hasta mi línea de butacas, esas benditas butacas me cubrían entero estando en cuclillas. Rápidamente salí de ahí, recogí mis cosas, me puse mi reluciente kit anti-químico y lo aposté todo saliendo al patio principal. Allí no había nadie, sólo una nube de vapor presuntamente tóxico. Con el kit venían unos filtros para cambiar, aunque no sabía cuándo era necesario cambiarlos, intentaría alargar su vida útil lo máximo posible. Entonces vi un cartel azul, con una gran P. Un aparcamiento. Vehículos. Estaría mi moto allí? Ojalá, no parecía que fuera a haber sitio para vehículos grandes sin tener que subirse por encima de todo tipo de cosas.
Este capitulo me gusta, me esta encantando este extraño apartado.
ResponderEliminarPero tal vez deberias borrar los anteriores capitulos si no vas a hacer nada con ellos, ve directamente con estos a saco porque son buenos :3
Es mi humilde opinion